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Un centenar de países han dicho adiós en Oslo, la capital noruega, a las bombas de racimo. Una mortífera arma que, sin embargo, seguirá matando y mutilando a inocentes por el rechazo de sus principales fabricantes y usuarios a firmar el tratado internacional que las prohíbe, entre ellos Estados Unidos. “Confirmamos la prohibición de las bombas de racimo para siempre y que en el marco de una asociación entre los Estados, las organizaciones internacionales y la sociedad civil hemos hecho avanzar el mundo. Esta convención hará del mundo un lugar más seguro y mejor para vivir”, ha dicho el primer ministro noruego, Jens Stoltenberg.
La sorpresa la ha dado Afganistán, uniéndose en el último momento a los firmantes del tratado. Los grandes ausentes en Oslo han sido Estados Unidos, Rusia, China, Israel, la India y Pakistán, los mayores productores y usuarios.
Negociado en Dublín el pasado mayo, el acuerdo prohíbe la producción, utilización, almacenamiento, comercio y traslado de las bombas de racimo. Estos artefactos contienen cientos de pequeñas bombas en su interior, que se dispersan sobre un amplio perímetro. No todas explotan, por lo que se convierten de facto en minas antipersona. El 98% de sus víctimas son civiles. Muchas de ellas niños, que las confunden con juguetes o latas de conserva.
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